MADERA DE EMPRESARIO

Dos muchachos trabajan en un club en el que los socios comparten su pasión por los yates y los deportes náuticos. Es un club de gente con dinero.
Estos dos muchachos trabajan porque la necesidad los obliga. Pero pese a que vienen de condiciones muy parecidas, tienen diferente mentalidad. Uno de ellos mira a los ricos y reniega. Tiene una suerte de rabia y resignación. Y así se expresa: “la gente que tiene plata es una mierda. La mayoría son bien déspotas, a veces los saludas y ni si quiera te miran. Yo por eso al que no me responde ya no lo saludo.” Luego agrega: “Los jefes vienen aquí a divertirse y nosotros a sacarnos la mugre. Tienen plata, pero son duros para pagar, pero así es la vida, chamba es chamba.”
En cambio, su compañero, de nombre Luis, tiene madera de empresario. Quiere alquilar un yate y ofrecer servicio a particulares. No quiere quedarse como “encargado de limpieza.” Ve a los ricos y cree que puede ser uno de ellos. De hecho, se ve a sí mismo entrando al club no como empleado sino como socio. Quiere alquilar un yate, pero le falta dinero. Pero al menos ya averiguó, ya se empapó del asunto. Esto es lo fundamental: nuestro joven amigo no ha estudiado, pero quiere ser libre. No tiene alma de esclavo.
Un día se da cuenta que hay un señor de unos setenta años que llega religiosamente los días jueves a tomar una cerveza y a ver el mar. A diferencia del resto de sus socios este señor era más gente: más humilde, más sencillo. Saludaba a los muchachos, dejaba propina, les daba consejos. Pero nadie le prestaba tanta atención porque, a diferencia del resto, no parecía tan rico. Es decir, se veía el más pobre de los socios.
Pero Luis quiere aprender, quiere crecer. Entonces le pide consejos al señor a quien empieza a ver como un maestro. Escucha sus historias, sus anécdotas. Y el viejo disfruta de ser escuchado. Le cuenta sus anécdotas, pero no le dice quién es, ni qué negocio tiene.
Un día viendo la televisión ve que están entrevistando a un señor.
¡Ese es mi jefe! – le dice entre sorprendido y orgulloso a su esposa.
Yo trabajo con él.
¿Y quién es?, pregunta la chica.
La información en la pantalla decía:
Jaime Saraiva | Pdte. Asociación de Exportadores |
Resulta que el señor Saraiva no solo es presidente de la asociación de exportadores, sino que es dueño de una prestigiosa cadena de hoteles y de una empresa exportadora de harina de pescado. Es un hombre de negocios. Un empresario consagrado.
Enterados de quién es realmente el señor Saraiva, los dos muchachos conversan. El que tiene mentalidad de pobreza dice: “hay que decirle que nos dé chamba, o que nos regale algo.” El otro muchacho se opone: No, ni loco. Piensa en grande – le dice. Podemos hacer negocios.
Es la diferencia sustancial entre el pobre y el rico. Cuando un pobre ve a un rico dice: “¿qué me podrá regalar? ¿Qué le pido?”
Cuando un rico ve a un rico dice: ¿Qué negocios puedo hacer?
Señores, esa es la diferencia. Los que tienen madera de empresarios buscan oportunidades. Los que tienen alma de esclavos piden dádivas.
Luis sigue conversando con el veterano. Le pide más consejos. Hasta que semanas van, semanas vienen, corriendo el más grande de los riesgos que es el rechazo, le lanza la propuesta que solo puede lanzar una persona decidida:
“Don Jaime, lo admiro muchísimo. Usted me ha comentado que viene de abajo igual que yo, quiero que me deje demostrarle que puedo ser algo más que empleado». Y, en un dos por tres, le dijo que quiere ser proveedor de frutas y verduras para su cadena de hoteles.
El muchacho ya había estudiado todo. Tenía sus cartas bajo la manga. Todo calculado.
Naturalmente, el veterano no le dijo SÍ de buenas a primeras, pero tampoco lo rechazó. Lo puso en contacto con su yerno, pero resulta que el yerno era más burocrático que un ministerio. Después de idas y venidas, Luis logró su cometido. Pasa de ser “encargado de limpieza” de un club, a ser proveedor de una de las más prestigiosas cadenas hoteleras de su país.
Pero eso no es todo: lo curioso es que con ese cliente no ganaba nada. En la práctica era pan con pan. Encima, las políticas de pago de la cadena de hoteles eran otras: pagaban después de 50 días. ¿Cómo puede resistir esto un muchacho que apenas empieza con las justas? Aquí es donde se pone a prueba a los ganadores.
Cuando su esposa y sus amigos le decían que por qué acepta ese negocio si no gana dinero, él respondía con inteligencia: “Porque este cliente no me va a dar dinero, este cliente me va a dar clientes. Yo no podría tener una mejor carta de presentación que decir que soy proveedor de la Andina Hotels & Resorts. ¿Me entienden? No es cuestión de plata, es cuestión de nombre. Con ellos no gano ni un céntimo, tampoco pierdo. Pero es una llave.”
Lo que este muchacho había hecho era entrar al juego y había entrado en grande.
Su lógica era muy simple: “Si tú eres socio de un grande, muchos querrán ser tus socios.”
Señores, lo que la gente tiene que tener es mentalidad.
No necesitas dinero, necesitas visión.
Si te faltan contactos, puedes hacer esos contactos.
Si te falta dinero, puedes conseguir ese dinero.
Si te faltan ideas, puedes conseguir esas ideas.
Lo que tienes que tener es mentalidad.
Puedes venir de abajo, puedes nacer entre las esteras, eso no importa. Lo único que importa es lo que hay en tu mente.
¿Tienes un sueño? Ve por tu sueño.
Quieres un negocio? Haz ese negocio.
Señores, el momento es ahora.
El que quiere hacer, encuentra un medio. El que no quiere hacer, encuentra una excusa. O ves salidas, o ves pretextos. Lo demás, es historia.